Hay duelos que dejan una marca enorme en cada ser, pero no están destinados a tener una voz, simplemente son un pensamiento qué gritan por dentro y se va consumiendo lentamente hasta que se agota y parece callarse, pero esos duelos vuelven y sí que vuelven, vuelven con más fuerza y cuando menos lo esperás, no importa que el día tenga tantas horas para hacer una vida porque a ese duelo no le importa el presente, viene del pasado y no quiere quedarse en él, como una creciente pequeña luz que hace eco y desencadena en un brillante resplandor de tristeza, a veces de angustia, por otros momentos trae nostalgia con risas, pero no suelen ser los más venideros, siempre algún duelo que no está destinado a ser guardado bajo la piel que espera salir de algún recuerdo y hacernos entender que aunque pareciera de otras vidas sigue siendo de la misma vida que estamos transitando, esa atemporalidad que lo encierra nos aprisiona, lo aprisiona, siempre va a esperar rondando entre el olvido y el recuerdo, hay duelos de los cuales no estamos blindados y eso es lo que nos hace humanos, esos duelos nos hacen de carne y hueso, no se se puede resistir a ese duelo.
Y esos duelos, duelen.
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