Me levanto por la mañana, relativamente temprano, ordeno un poco el desorden de la noche anterior, tomo el antidepresivo, pongo a calentar agua, salgo a fumar mientras el agua se calienta, hago un café y me siento en la computadora porque esos trabajos no se van a hacer solos.
Mate.
Mate.
Llegado el mediodía, cocino para uno y sirvo un plato decorado con lo que haya en la heladera, me siento en la mesa y pongo música para que la desesperación no me empiece a corroer los bordes de la mente.
Los gatos van y vienen, sigo limpiando, a veces duermo la siesta cuando la noche anterior no alcanzó con tomar tres clonazepam y bueno, otras tantas voy a la casa de mi mamá, esto suele ser los sábados, sino hago un concierto de guitarra mal tocada y voz mal cantada para quien me escuche, a veces me animo y tiro unos pasos prohibidos de baile.
Jugamos un poco con la piolita después de la siesta, lavo los platos, paso una escoba y sigo poniendo todo en orden.
Entonces llegás, suelo tener la merienda lista, en ese trajín de la merienda a la cena no hay mucho diálogo, hasta que cocino yo o vos. Y para irnos a dormir me pedís que te acaricie la oreja, dos opciones o lo hago hasta que roncás, o te rajo una puteada que te mando hasta la prehistoria, pero siempre elijo el silencio y te quedás dormido.
No elijo estar sola, pero cuando estoy sola no lo estoy, pero cuando llegás, ah, ahí sí estoy realmente sola.
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