jueves, 15 de octubre de 2020

En el muelle de San Blas

  Había una niña que escuchaba esa canción sobre una mujer que vivía esperando a que su amor regresara del mar y se preguntaba, ¿cómo puede ser que lo siga esperando?
 Esa niña se convirtió en una joven que conoció el amor, pero el amor trágicamente se fue de su vida, así pasó el tiempo, pasaron los años y era menester esperar a que regresara aunque supiera que no regresaría.
 Esa joven se convirtió en una mujer que seguía esperando el regreso del amor a su vida, de ese amor que tanto le embargaba el alma y recorría los lugares donde convergen los cadáveres de los recuerdos, los pasos que dieron juntos y el cementerio de besos que se negaba a olvidar.
 Esa mujer siguió envejeciendo, sabiendo que nunca podría encontrar algo igual en la vida y terminó por enloquecer sabiendo que ese amor marchito se quedaría así por siempre, sabía que el amor no era amor si se alimenta de un solo lado, así que pensó en alimentarlo desde otro espacio donde no habitaran los dolores de saberse abandonada. 
Mientras las plantas revivían, ella moría lentamente en vida y así sucedió, 
dejó esta vida por no saber manejar su amor, por no saber manejar su dolor, 
pero segundos antes de esa tarde de septiembre entendió, 
por qué esa mujer esperó tanto en aquel muelle al que nunca llegó.

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